Cuentos completos

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—Siempre mujeres… —la señorita Antonia movió la cabeza—. Los hombres de esta casa. Lucy, blanca y sonrojada en The Mill, ¿recuerdas?

—La hija de Ellen en The Goat and Sickle —agregó la señorita Rashleigh.

—Y la muchacha en la sastrería —murmuró la señorita Antonia—, donde Hugh compraba sus pantalones de montar, esa pequeña tienda sobre la derecha… que se inundaba todos los inviernos. Su hijo —se rio inclinándose hacia su hermana—, es el que limpia la Iglesia.

Se escuchó un ruido. Un trozo de pizarra se había caído por la chimenea. El tronco se partió en dos. Trozos de yeso caían del escudo sobre la chimenea.

—Se cae —rio la señorita Rashleigh—. Se cae.

—¿Y quién lo pagará? —dijo la señorita Antonia mirando los trozos de yeso sobre la alfombra.

Balbuceando como bebés, indiferentes, inquietas, reían. Frente al fuego, bebían su copa de jerez junto a las cenizas de leña y yeso, hasta que cada vaso no contuvo más que una gota de vino en el fondo, de un púrpura rojizo. Y de esto las ancianas no querían desprenderse —así parecía— pues sostenían los vasos, sentadas una al lado de la otra junto a la chimenea, pero nunca los llevaban a los labios.


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