Cuentos completos

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La niebla gris se hizo más espesa en el compartimento. Colgaba como un velo; parecía ubicar a los cuatro ocupantes muy lejos el uno del otro, aunque en realidad estaban tan cerca como puede viajarse en un vagón de tercera. El efecto era extraño. La apuesta mujer —aunque ya con unos años encima—, bien vestida —aunque algo desaliñada—, que había subido al tren en alguna estación, había perdido la forma. Su cuerpo se había convertido en niebla. Sólo sus ojos brillaban, parecían tener vida propia; ojos sin un cuerpo, ojos mirando algo invisible; resplandecían en el aire brumoso, se movían de tal forma que en esa atmósfera sepulcral (las ventanas empañadas, las lámparas con un halo de niebla) parecían luces danzando; el humo que se mece, así dicen, sobre las tumbas de los inquietos durmientes en los camposantos. ¿Una idea absurda? ¡Tan sólo una fantasía! Pero, después de todo, ya que no existe nada que no deje algún residuo, y la memoria es una luz que danza en la mente cuando la realidad está enterrada, ¿por qué esos ojos, que brillan, se mueven, no pueden ser los fantasmas de una familia, de una era, de una civilización, danzando sobre la tumba?





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