Cuentos completos

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—Así que… —dijo Oliver Bacon incorporándose y estirando las piernas—. Así que…

Se detuvo bajo el cuadro de una anciana sobre la repisa de la chimenea y levantó las manos:

—He cumplido con mi palabra —dijo juntando palma con palma como rindiendo homenaje—. He ganado la apuesta.

Ciertamente. Era el joyero más rico de Inglaterra; pero su nariz, larga y flexible, como la trompa de un elefante, parecía decir con ese curioso temblor de los orificios (parecía que toda la nariz temblaba no sólo los orificios) que todavía no estaba satisfecho; que todavía olfateaba algo bajo la tierra, un poco más lejos. Imagina un cerdo gigante en un pastizal repleto de trufas; tras desenterrar una y otra todavía puede oler una más grande aún bajo la tierra. Así olfateaba siempre Oliver, en la tierra fértil de Mayfair, otra trufa, una más negra, una más grande, un poco más lejos.

Ahora se enderezaba la perla en la corbata, se ponía el elegante sobretodo azul, tomaba los guantes amarillos y el bastón y lo balanceaba mientras bajaba las escaleras y, medio olfateando, medio suspirando por esa larga nariz puntiaguda, se adentraba en Piccadilly. Pues, aunque hubiese ganado la apuesta, ¿no era todavía un hombre triste, un hombre insatisfecho, un hombre buscando algo que está escondido?


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