Cuentos completos
Cuentos completos —¡MÃrate Oliver! —se decÃa a sà mismo—. Comenzaste en un callejón de mala muerte… —Y se miraba las piernas, esbeltas, en esos pantalones de corte perfecto; se miraba las botas, las polainas. Todo muy bello y elegante, cortado de la mejor tela, por la mejor tijera en Savile Row. Pero en ocasiones se desplomaba y se convertÃa otra vez en aquel niño en el oscuro callejón. Alguna vez habÃa pensado que su mayor ambición serÃa vender perros robados a mujeres elegantes de Whitechapel. Y una vez lo habÃa hecho. «¡Oh, Oliver!», protestó su madre, «¿cuándo entrarás en razón, hijo mÃo?»… Luego trabajó detrás de un mostrador, vendiendo relojes baratos. Después se habÃa llevado un maletÃn a Amsterdam… Al pensar en ello se reÃa por lo bajo: el viejo Oliver recordando su juventud. SÃ, le habÃa ido bien con los tres diamantes; también estaba la comisión por la esmeralda. Más adelante se mudó a una habitación privada detrás de la tienda en Hatton Garden; la habitación con las balanzas, la caja fuerte, la gruesa lupa. Y después… Y después… Se rio. Cuando aquella tarde de calor pasó junto a un grupo de joyeros que discutÃan sobre precios, minas de oro, diamantes, comunicados desde Sudáfrica, uno de ellos se tocó la nariz y murmuró: «Hum… mm». No fue más que un murmullo, un ligero codazo, un dedo rascando la nariz, un zumbido que atravesó al grupo de joyeros de Hatton Garden una tarde de calor. ¡Oh, hace tantos años! Pero Oliver todavÃa lo sentÃa recorrer su columna, el codazo, el murmullo que decÃa: «MÃrenlo, el joven Oliver, el joven joyero, allà va». Era joven en ese entonces. Y vestÃa cada vez mejor. TenÃa un bello carruaje al principio; después compró un auto. Al principio iba a la platea; luego al palco. Y tenÃa un chalé en Richmond, con vista al rÃo y enrejados de rosas rojas; y Mademoiselle cortaba una rosa cada mañana y se la prendÃa en el ojal.