Cuentos completos
Cuentos completos Pero aquí estaba. Gracias a Dios no tenía cara de Ernest. ¿Pero cara de qué tenía? Lo observó detenidamente. Bueno, cuando comía tostadas parecía un conejo. Nadie le habría visto nunca un parecido con una criatura tan diminuta y tímida a este hombre joven, elegante, musculoso, con esa nariz recta, ojos azules y boca firme. Pero eso lo hacía, incluso, más sorprendente. La nariz se le arrugaba ligeramente al masticar, tal como al conejo que tenía de mascota. Se quedó observándolo, y después tuvo que explicarle por qué se reía cuando él la descubrió.
—Porque te pareces a un conejo, Ernest —dijo—. A un conejo salvaje —agregó mirándolo a los ojos—. Un conejo de caza; un Conejo Rey; el conejo que dicta las leyes para los otros conejos.
Ernest no tenía ninguna objeción en parecerse a un conejo de esas características, y ya que a ella le divertía ver cómo se arrugaba su nariz (no sabía que su nariz se arrugaba), lo hacía a propósito. Y ella reía y reía. Y él reía también; de manera que las señoritas, el pescador y el mozo suizo con su grasienta chaqueta negra pensaban bien: eran muy felices. ¿Pero cuánto dura esa felicidad? Se preguntaban. Y cada uno respondía según sus propias circunstancias.
En el almuerzo, sentados sobre una mata de brezo junto al lago: