Cuentos completos
Cuentos completos —¿Quieres lechuga, conejo? —dijo Rosalind levantando la lechuga que acompañarÃan con huevos duros—. Ven y quÃtamela —agregó, y él se estiró y mordisqueó la lechuga arrugando la nariz.
—Buen conejo, lindo conejo —dijo palmeándolo como solÃa palmear al conejo de su casa. Pero era absurdo. Fuera lo que fuera, él no era un conejo doméstico. Lo convirtió en francés. «Lapin», lo llamó. Pero fuera lo que fuera, él no era un conejo francés. Era simplemente y tan sólo un inglés nacido en Porchester Terrace, educado en Rugby; y ahora empleado público al servicio de Su Majestad. Asà que probó con «Bunny», pero fue peor. «Bunny» era alguien regordete, débil y cómico; él era delgado pero fuerte, y serio. Aún asÃ, se le arrugaba la nariz.
—Lappin —exclamó de repente con un grito suave, como si hubiera encontrado la palabra que buscaba.
—Lappin, Lappin, Rey Lappin —repitió.
ParecÃa encajarle a la perfección; él no era Ernest, era el Rey Lappin. ¿Por qué? No lo sabÃa.