Cuentos completos

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Cuando no tenían nada nuevo qué contarse durante sus largas caminatas y llovía, como todos les habían advertido; o cuando se sentaban junto al fuego por la noche porque hacía frío, y las señoritas y el pescador se habían marchado, y el mozo sólo venía si lo llamaban, ella dejaba a su fantasía jugar con la historia de la tribu Lappin. Bajo sus manos (ella cosía, él leía) los personajes se volvían muy reales, era divertidísimo. Ernest cerró el periódico y la ayudó. Allí estaban los conejos negros y los rojos; allí estaban los amigos y los enemigos. Allí estaba el bosque en el que vivían, las lejanas praderas y el pantano. Arriba de todo estaba el Rey Lappin que, además de ser el único poseedor del truco (se le arrugaba la nariz), a medida que pasaban los días se convertía en un animal de gran carácter; Rosalind siempre hallaba nuevas cualidades en él. Pero por encima de todo, era un gran cazador.

—¿Y qué ha hecho el Rey hoy? —dijo Rosalind el último día de luna de miel.

Ciertamente, habían estado escalando todo el día y a ella le había salido una ampolla en el talón. Pero no era a eso a lo que se refería.

—Hoy —dijo Ernest arrugando apenas la nariz mientras mordisqueaba el final del cigarrillo—, persiguió una liebre.

Hizo una pausa, encendió un fósforo y arrugó la nariz otra vez.


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