Cuentos completos

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—Estaba solo —siguió—. Era un bello día de verano. Un día de junio. Uno de esos días de verano inmaculados en los que todo parece inmóvil en el calor. Los pollos en el corral, el viejo caballo dando patadas en el suelo del establo, el anciano dormitando detrás de las gafas, la mujer con los cubos en el fregadero. Tal vez una piedra cayó de la torre. Parecía que el día nunca terminaría. Y no tenía a nadie con quién hablar, nada que hacer. El mundo entero se extendía ante él. El páramo subía y bajaba; el cielo se unía al páramo; verde y azul, verde y azul, por los siglos de los siglos.

En el resplandor, podían ver que la señora Ivimey estaba inclinada sobre la barandilla, con el mentón apoyado en las manos, como si mirara sobre los páramos desde lo alto de una torre.

—Nada más que páramo y cielo, páramo y cielo, por los siglos de los siglos —murmuró.

Después hizo un movimiento como si acomodara algo.

—¿Pero cómo se veía la tierra a través del telescopio? —preguntó.

Hizo otro ligero movimiento con los dedos como si girara algo.


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