Cuentos completos

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—He sido tan feliz aquí —dijo mirando alrededor. Detuvo la mirada en el escritorio detrás de él. Allí trabajaban, ella y Ángela. Pues Ángela llevaba a cabo la serie de labores que recaían sobre la esposa de un político exitoso. Había sido de gran ayuda en su carrera. Solía verlas a las dos en ese escritorio: Sissy frente a la máquina de escribir, transcribiendo las cartas que Ángela le dictaba. Sin duda la señorita Miller también pensaba en eso. Ahora todo lo que tenía que hacer era darle el prendedor que su esposa le había dejado. Un regalo bastante extraño. Habría sido mejor dejarle una suma de dinero o incluso la máquina de escribir. Pero allí estaba: «Para Sissy Miller, con cariño». Tomó el prendedor y se lo entregó repitiendo el discurso que había preparado. Sabía, le dijo, que sabría valorarlo. Su esposa lo usaba mucho… Y ella respondió, tomándolo como si también hubiera preparado un discurso, que lo guardaría como un tesoro… Seguramente tenía, suponía él, otra ropa sobre la que un prendedor de perlas no se viera tan fuera de lugar. Llevaba la chaqueta negra y la falda que parecían el uniforme de trabajo de su profesión. Después recordó que estaba de luto, desde luego. Ella también había vivido una tragedia; un hermano al que adoraba había muerto tan sólo una o dos semanas antes que Ángela. ¿Un accidente fue? No lo recordaba; Ángela le había contado. A Ángela, con su facilidad para conmoverse con las personas, la había afectado mucho. Mientras tanto, Sissy Miller se había puesto de pie. Se estaba poniendo los guantes. Evidentemente sentía que no debía entrometerse. Pero no podía dejarla ir sin mencionar algo acerca de su futuro. ¿Qué planes tenía? ¿Podía ayudarla de alguna manera?


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