Cuentos completos

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Ella contemplaba la mesa, donde solía sentarse frente a la máquina de escribir, donde ahora estaba el diario de Ãngela. Y perdida en los recuerdos, no respondió su pregunta sobre si podía ayudarla en algo. Pareció, por un momento, no entender de qué le hablaba. Así que repitió:

—¿Qué planes tiene señorita Miller?

—¿Mis planes? Oh, no se preocupe señor Clandon —exclamó—. Por favor no se preocupe por mí.

Entendió que no necesitaba ayuda económica. Sería mejor, comprendió, hacerle algún tipo de sugerencia de ese tipo por escrito. Todo lo que podía hacer ahora era decir, al estrechar su mano:

—Recuerde, señorita Miller, si hay alguna forma en que pueda ayudarla, será un placer.

Abrió la puerta. Por un momento, en el umbral, como si un pensamiento repentino la hubiera sobresaltado, se detuvo:

—Señor Clandon —dijo mirándolo fijamente a los ojos por primera vez (y él, por primera vez, se sorprendía con esa expresión compasiva pero a la vez inquisidora en su mirada)—. Si en algún momento —continuó—, hay algo que yo pueda hacer por usted, recuerde, por su esposa, será un placer para mí…


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