Cuentos completos

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—Sí, conozco Canterbury —dijo recordando con cariño, como invitando, sintió la señorita Anning, a hacer preguntas íntimas. Y eso era lo que lo hacía interesante para tantas personas; y esa extraordinaria facilidad y predisposición para conversar habían sido su perdición, solía pensar a menudo, quitándose los gemelos y dejando las llaves y el poco cambio sobre la cómoda después de alguna de esas fiestas (y salía prácticamente todas las noches durante la temporada). Pero por la mañana se transformaba; se volvía malhumorado, gruñón al bajar a desayunar con su esposa, que era inválida y no salía nunca; pero ella tenía amigos que la visitaban, mujeres en su mayoría, interesadas en filosofía india y médicos y curas alternativas, de las que Roderick Serle se burlaba con algún comentario sarcástico demasiado inteligente como para que ella pudiera rebatirlo, y entonces ella protestaba un rato y derramaba un par de lágrimas. Había fracasado, pensaba a menudo, pues no podía prescindir completamente de la sociedad y la compañía de las mujeres (tan necesaria para él) y la escritura. Se había involucrado demasiado en la vida. Y en este momento se cruzaba de piernas (todos sus movimientos eran poco convencionales y algo distinguidos) y no se culpaba, sino que culpaba a su gran potencial, al que comparaba favorablemente con el de Wordworth, por ejemplo. Y ya que había dado tanto a los otros, sentía, apoyando la cabeza entre las manos, que ellos en su momento debían ayudarlo; y éste era el preludio, trémulo, fascinante, emocionante, de la conversación. Las imágenes comenzaban a bullir en su cabeza.


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