Cuentos completos

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—Es extraño que conozca Canterbury —dijo el señor Serle—. Siempre me sorprende (la mujer de pelo blanco había pasado) conocer a alguien (es la primera vez que se veían) por casualidad que de justo en el clavo de algo que ha significado tanto para mí, de modo tan arbitrario, pues supongo que Canterbury no es nada más que un bello pueblo antiguo para usted. ¿Así que pasó un verano allí con una tía? (Es todo lo que Ruth Anning le contaría sobre su estadía en Canterbury). Y conoció sus atractivos turísticos, se fue y nunca más pensó en ello.

Dejaría que creyera eso. Él no le agradaba y quería que se hiciera una idea falsa sobre ella. Pues a decir verdad, los tres meses que había pasado en Canterbury habían sido asombrosos. Recordaba hasta el más mínimo detalle, aunque se trató de una visita más bien ocasional, cuando fue a ver a la señorita Charlotte Serle, una conocida de su tía. Todavía podía reproducir las palabras de la señorita Serle acerca del trueno. «Siempre que me despierto, o escucho un trueno por la noche, pienso que han asesinado a alguien». Y podía ver la alfombra rígida, peluda, con diseño de rombos; y los ojos marrones, brillosos, bañados en luz de la anciana, con la taza de té sin servir en la mano, mientras decía eso acerca del trueno. Y siempre veía Canterbury, las nubes tormentosas y los manzanos florecidos, y los costados de los edificios largos y grises.


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