Cuentos completos
Cuentos completos Sus miradas se cruzaron; más bien se chocaron, pues los dos sintieron que detrás de los ojos, el ser solitario que se sienta en la oscuridad mientras su ágil compañero hace todas las morisquetas en la superficie para que el espectáculo continúe, de repente se puso de pie, se descubrió, enfrentó al otro. Era estupendo, maravilloso. Eran adultos y habÃan sido pulidos en una suavidad luminosa, de manera que Roderick Serle asistÃa, tal vez, a una docena de fiestas en una temporada, sin sentir nada fuera de lo común, o tan sólo lamentos sentimentales, y el deseo de ver imágenes bellas (como el árbol de cerezas en flor). Y todo el tiempo, hundida en su interior, una sensación de superioridad respecto del acompañante, la sensación de no haber dado nada de sÃ, que lo llevaban de vuelta a casa insatisfecho con la vida, consigo mismo, bostezando, vacÃo, encaprichado. Pero ahora, de forma tan inesperada, como un rayo blanco en la neblina (pero la imagen se forjaba con la inevitabilidad del rayo y resultaba amenazante), habÃa sucedido. El viejo éxtasis por la vida, su ataque invencible. Pues era desagradable, pero al mismo tiempo lo alegraba y rejuvenecÃa, y le llenaba las venas y los nervios con hilos de hielo y fuego; era aterrador.