Cuentos completos
Cuentos completos [Sí, Minnie, sé que te has estremecido, pero espera un momento, James Moggridge].
«¡Querida, querida, querida!». ¡Qué bello suena! Como golpear sobre madera curada, como el latido del corazón de un viejo ballenero cuando el mar está embravecido y las nubes grises cubren el cielo. «¡Querida, querida!». El sonido de las campanas para sosegar el alma de los inquietos, tranquilizarlos y consolarlos, arroparlas diciendo: «¡Buena suerte!», y después, «¿en qué puedo servirte?», pues aunque Moggridge arrancaría la rosa de su pechera y se la ofrecería, ya está, se terminó. ¿Y ahora qué? «Señora, perderá el tren», pues los trenes no esperan.
Ese es el camino de los hombres; ese es el sonido que reverbera; esa es St. Paul y esos son los autobuses. Pero estamos quitando las migas de la mesa. Oh, Moggridge, ¿no te quedas? ¿Debes irte? ¿Andarás por Eastbourne esta tarde, en uno de esos pequeños carruajes? ¿Eres uno de los que se esconde entre cajas de cartón verde, a menudo con las persianas bajas, y se sienta de manera tan solemne, contemplando como una esfinge, y siempre hay algo de sepulcral, de fúnebre, el cajón, y el anochecer sobre el caballo y el conductor? Dime… Pero las puertas se cerraron de un portazo. Ya no nos volveremos a ver. ¡Adiós Moggridge!