Cuentos completos
Cuentos completos ¿Por qué lamentarse entonces? ¿Qué pedir? ¿Sigues insatisfecha? Dije que todo ha vuelto a su lugar; sí, reposando bajo una túnica de pétalos de rosas que caen, que caen. Oh, pero han cesado. Un pétalo cayendo de una gran altura, como un pequeño paracaídas arrojado desde un globo invisible, se revuelve, se sacude, revolotea. No nos alcanzará.
—No, no he notado nada. Es la peor clase de música… Tontos pensamientos. ¿Dices que el segundo violín entró tarde?
—Allí está la señora Munro, caminando a tientas; cada año que pasa está más ciega; y este suelo resbaladizo, pobre mujer.
Ciega ancianidad, esfinge de cabello gris… Allí está, en la acera, haciendo señas al autobús rojo.
—¡Qué belleza! ¡Qué bien tocan! ¡Qué, qué, qué!
La lengua no es más que un badajo. La simpleza misma. Las plumas en ese sombrero a mi lado son tan bellas y resplandecientes como el sonajero de un niño. Por la abertura de la cortina se ven los destellos verdes de las hojas del plátano. Muy extraño, muy emocionante.
—¡Qué, qué, qué! ¡Shhh!
Los amantes recostados en el césped.
—Señora, si toma mi mano…