Cuentos completos
Cuentos completos —Señor, le confiarÃa mi corazón. Más aún, hemos dejado nuestros cuerpos en la sala del banquete. Aquellos en el césped son las sombras de nuestras almas.
—Entonces estos son los abrazos de nuestras almas.
Los limones asintieron. El cisne nada desde la orilla y flota, soñando, hasta el medio de la corriente.
—Pero, regresando… Me siguió por el pasillo y, al doblar la esquina, me pisó el encaje de la enagua. ¿Qué podÃa hacer yo sino exclamar «¡ah!» y señalar con el dedo? Ante lo cual desenfundó su espada, hizo unos movimientos como si estuviera atravesando a alguien hasta matarlo, y gritó: «¡Loco, loco, loco!». Entonces yo también grité. Y el PrÃncipe, que escribÃa en el gran cuaderno de vitela en la ventana del mirador, salió con su capa de terciopelo y sus pantuflas forradas, tomó un estoque de la pared —un regalo del Rey de España, ya sabes— con el que pude escapar, cubriéndome con su capa los harapos en los que habÃa terminado mi pollera, para esconder… ¡Pero escucha! ¡Las trompetas!