El lector comun

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Las circunstancias, en cualquier caso, imposibilitaron que mantuviera ese éxtasis durante mucho tiempo. Se había casado en secreto; fue padre; fue, como pronto se nos recuerda, un hombre muy pobre pero muy ambicioso, que vivía en una casita llena de humedad en Mitcham con una familia de hijos pequeños. Los hijos enfermaban a menudo. Lloraban, y sus llantos, que traspasaban los delgados muros de la pésima casa, le molestaban cuando trabajaba. Buscó santuario como es natural en otro sitio y, como es natural, tuvo que pagar una renta por ese alivio. Había que ganarse a grandes damas —lady Bedford, lady Huntingdon, la señora Herbert— con mesas bien servidas y hermosos jardines; había que congraciarse con hombres acaudalados que poseyeran habitaciones. Así, después de Donne el cruel poeta satírico, y Donne el enamorado imperioso, viene la figura obsequiosa y servil de Donne el sirviente devoto de los grandes, el panegirista extravagante de muchachitas. Y nuestra relación con él cambia de pronto. En las sátiras y los poemas amatorios había una cualidad —cierta intensidad y complejidad psicológica— que lo hace más cercano que sus coetáneos, quienes siempre parecen estar atrapados en un mundo diferente del nuestro y existir inmunes a nuestra perplejidad y arrobados por pasiones que admiramos, pero no podemos sentir. Por fácil que resulte exagerar las afinidades, aun así podemos sostener que somos semejantes a Donne en nuestra buena disposición para admitir contrastes, en nuestro deseo de apertura, en esa complejidad psicológica que los novelistas nos han enseñado con su prosa lenta, sutil y analítica. Pero ahora, cuando seguimos el curso de Donne, nos abandona a nuestra suerte. Se hace más remoto, inaccesible y obsoleto que cualquiera de los isabelinos. Es como si el espíritu de la época, que él había desdeñado y desacatado, de pronto se reafirmara y convirtiera a este rebelde en su esclavo. Y mientras perdemos de vista al joven descarado que odiaba la sociedad, y al enamorado apasionado que buscaba cierta unidad misteriosa con su amor y la encontraba milagrosamente, ahora aquí, ahora allá, resulta natural vilipendiar el sistema de mecenas y mecenazgo que sedujo así al más incorruptible de los hombres. No obstante, puede ser que nos estemos apresurando. Todo escritor tiene un público en mente y se puede, con razón, dudar de si los Bedford y los Drury y los Herbert fueron influencias peores que las bibliotecas y los propietarios de periódicos que desempeñan el oficio de mecenas hoy día.


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