El lector comun
El lector comun La comparación, es cierto, presenta grandes dificultades. Las nobles damas que incorporaron un elemento tan extraño a la poesÃa de Donne viven sólo en el reflejo —o en la distorsión— que encontramos en los poemas mismos. La época de las memorias y la correspondencia estaba aún por venir. Si es que escribÃan, y se dice que tanto lady Pembroke como lady Bedford eran poetas de mérito que no se atrevieron a poner sus nombres a lo que escribieron y ha desaparecido. Pero sobrevive un diario aquà y allá desde el cual podemos ver a la mecenas más de cerca y con menos romanticismo. Lady Ann Clifford, por ejemplo, la hija de un Clifford y una Russell, aunque activa y práctica y poco educada —no se le permitió «aprender ningún idioma porque su padre no lo toleraba»—, sintió, asà podemos deducirlo de las escuetas afirmaciones de su diario, un deber para con la literatura y sus creadores, tal y como su madre, la mecenas del poeta Daniel, habÃa hecho antes que ella. Una gran heredera, contagiada de toda la pasión de su edad por las tierras y las casas, ocupada con todas las preocupaciones de la riqueza y la propiedad, a pesar de todo leÃa buenos libros ingleses con tanta naturalidad como comÃa ternera y cordero. Leyó La reina de las hadas y la Arcadia de Sidney; actuó en las mascaradas de Ben Jonson en la corte; y prueba del respeto que se le profesaba a la lectura es que una muchacha a la moda debÃa ser capaz de leer a un viejo poeta corrupto como Chaucer sin sentir que estuviera exponiéndose al ridÃculo como una marisabidilla. La costumbre era parte de una vida normal y con una buena educación. Esto persistió incluso cuando fue ama de una finca y reclamaba posesiones suyas aún más vastas. HacÃa que le leyeran a Montaigne en voz alta cuando se sentaba a coser en Knole; se sentaba totalmente entregada a Chaucer mientras su marido trabajaba. Más tarde, cuando los años de lucha y soledad la hubieron entristecido, volvió a su Chaucer con un hondo suspiro de satisfacción: «… si no tuviera aquà el excelente libro de Chaucer para confortarme —escribió—, estarÃa en una situación lamentable teniendo tantos problemas como tengo aquÃ, pero, cuando leo de ahÃ, los menosprecio todos, apenas les doy importancia y quedo impregnada por una pequeña parte de su bello espÃritu». La mujer que dijo eso, aunque nunca trató de organizar un salón literario o fundar una biblioteca, sentÃa que era de su incumbencia respetar a los hombres de humilde alcurnia y sin fortuna que pudieran escribir Los cuentos de Canterbury o La reina de las hadas. Donne dio sermones ante ella en Knole. Fue ella quien pagó el primer monumento a Spenser en la abadÃa de Westminster, y si, cuando erigió una tumba a su antiguo tutor, se explayó en sus propias virtudes y tÃtulos, reconoció no obstante que incluso una gran dama como ella les debÃa gratitud a los creadores de libros. Palabras de grandes escritores clavadas en las paredes del cuarto donde se sentaba, eternas transacciones comerciales, la rodeaban mientras trabajaba, como rodeaban a Montaigne en su torre de Borgoña.