El lector comun

El lector comun

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Por tanto, podemos deducir que la relación de Donne con la condesa de Bedford fue muy diferente de la que pudiera existir entre un poeta y una condesa en la actualidad. Tenía algo de distante y ceremoniosa. Para él, ella era «como un virtuoso príncipe lejano».[48] La grandeza de su título le inspiraba reverencia, aparte de su personalidad, tanto como las recompensas dentro de su obsequio le inspiraban humildad. Él era su laureado, y sus canciones en su honor se veían recompensadas con invitaciones a quedarse con ella en Twickenham y con esos encuentros acogedores con hombres de poder que eran tan efectivos para la promoción de la carrera de un hombre con ambición —y Donne era sumamente ambicioso—, sin duda no de la fama de un poeta, sino más bien del poder de un hombre de Estado. De modo que cuando leemos que lady Bedford era «la obra maestra de Dios»,[49] que sobresalía de entre todas las mujeres de todas las épocas, nos damos cuenta de que John Donne no está escribiendo para Lucy Bedford; la poesía está saludando al rango. Y esta distancia sirvió para inspirar razón más que pasión. Lady Bedford debió de ser una mujer muy lista, bien versada en los matices más sutiles de la teología, como para obtener un placer inmediato y embriagador de las alabanzas de su servidor. Sin duda, la erudición y sutileza extremas de los poemas de Donne a sus mecenas parece mostrar que un efecto de escribir para semejante audiencia sea el de exagerar el ingenio del poeta. Lo que no es poesía, sino algo torturado y difícil, demostrará ante la mecenas que el poeta está ejercitando sus destrezas en su nombre. Entonces, una vez más, puede pasarse un poema erudito entre hombres de Estado y negociantes para demostrar que el poeta no es un simple versificador, sino que es competente en el cargo y en la responsabilidad. Pero un cambio de inspiración que ha matado a muchos poetas —pensemos en Tennyson y los Idilios del rey— solamente estimuló otra faceta de la naturaleza compleja y el cerebro polifacético de Donne. Cuando leemos los extensos poemas escritos ostensiblemente en alabanza de lady Bedford o en conmemoración de Elizabeth Drury («An Anatomy of the World» y «Of the Progress of the Soul»), se nos hace reflexionar sobre cuánto le resta a un poeta por escribir cuando la estación del amor se ha acabado. Cuando mayo y junio han pasado, la mayoría de los poetas cesan de escribir o cantar desafinadas las canciones de su juventud. Pero Donne sobrevivió a los peligros de la mediana edad en virtud de la agudeza y el ardor de su intelecto. Cuando los «fuegos satíricos que me incitaban a escribir con desprecio de todo»[50] se apagaron, cuando «Mi musa (pues tenía una), porque estoy frío, / divorciose»,[51] todavía quedaba la capacidad de dirigirse a la naturaleza de las cosas y diseccionarla. Incluso en los días apasionados de la juventud, Donne había sido un poeta pensador. Había diseccionado y analizado su propio amor. Pasar de eso a la anatomía del mundo, de lo personal a lo impersonal, fue el desarrollo natural de una naturaleza compleja. Y el nuevo ángulo al que su mente ahora señalaba bajo el influjo de la mediana edad y el tráfago con el mundo, liberó capacidades que eran refrenadas cuando se dirigían hacia algún cortesano o mujer en particular. Ahora su imaginación, como liberada de impedimentos, se eleva cual cohete por las nubes en exageraciones extravagantes. Cierto, el cohete explota; se esparce en una lluvia de diminutas partículas distintas —especulaciones curiosas, comparaciones forzadas, erudición obsoleta—; pero, alada por la doble presión de la mente y el corazón, de la razón y la imaginación, se eleva lejos y veloz hacia un aire más liviano. Exaltándose con su propia alabanza extravagante a la joven sin vida, sale disparado:


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker