El lector comun
El lector comun Así de confusa, así de desconcertante incluso para ella misma, no se puede culpar totalmente al embaucador y traicionero Imlay por no poder seguir la rapidez de sus cambios y la alternancia entre razón y sinrazón de su temperamento. Incluso a amigos cuyo afecto era imparcial les afectaron sus discrepancias. Mary sentía un amor exuberante y apasionado por la naturaleza; y sin embargo, una noche cuando los colores en el cielo eran tan exquisitos que Madeleine Schweizer no pudo evitar decirle, «Ven, Mary, —ven, amante de la naturaleza— y disfruta de este maravilloso espectáculo — esta transición constante de color a color», Mary no apartó ni una vez sus ojos del barón de Wolzogen. «Debo confesar —escribió la señora Schweizer— que esta absorción erótica me produjo una impresión tan desagradable que todo mi goce se desvaneció». Pero si la suiza sentimental estaba desconcertada con la sensualidad de Mary, a Im lay, el astuto hombre de negocios, le exasperaba su inteligencia. Siempre que la veía sucumbía a su encanto; pero entonces su celeridad, su perspicacia, su idealismo intransigente lo atormentaba. Ella veía claro a través de sus excusas; hacía frente a todos sus razonamientos; era incluso capaz de llevar sus negocios. No había paz con ella y él tenía que marcharse de nuevo. Y entonces sus cartas lo siguieron, torturándolo con su sinceridad y su discernimiento. Eran tan categóricas; imploraban tan apasionadamente que se les contara la verdad; mostraban tanto desprecio por el jabón y el alumbre y la riqueza y el bienestar; repetían, como él sospechaba, con tanta veracidad que él sólo tenía que decir la palabra, «y nunca más sabrás de mí», que él no pudo soportarlo. Pescando pececillos insignificantes había mordido el anzuelo un delfín, y la criatura lo arrastró por las aguas hasta que se mareó y lo único que quiso fue escapar. A fin de cuentas, aunque también él había jugado a elaborar teorías, era un hombre de negocios, dependía del jabón y del alumbre; «los placeres secundarios de la vida —tenía que admitir— son muy necesarios para mi bienestar». Y entre ellos había uno que siempre eludió el celoso escrutinio de Mary. ¿Eran negocios, era la política, era una mujer lo que lo apartaba de ella perpetuamente? Él titubeaba; era de lo más encantador cuando se encontraban; después desaparecía de nuevo. Exasperada al final, y medio enloquecida por la sospecha, le sacó la verdad a la cocinera. Supo que una pequeña actriz en una compañía itinerante era su amante. Fiel a su propio credo de acción resolutiva, Mary empapó inmediatamente sus faldas para estar segura de hundirse y se arrojó del puente de Putney. Pero la rescataron; tras una agonía indescriptible se recuperó, y entonces la «inconquistable grandeza de su mente», su pueril credo de independencia se reafirmó de nuevo y decidió darle otra oportunidad a la felicidad y ganarse la vida sin tomar ni un penique de Imlay para ella misma ni para su hijo.