El lector comun
El lector comun Fue en esta crisis cuando vio a Godwin de nuevo, el hombrecito de la cabeza grande, a quien había conocido cuando la Revolución francesa estaba haciendo creer a los jóvenes de Somers Town que estaba naciendo un nuevo mundo. Se encontró con él; pero eso es un eufemismo, porque de hecho lo cierto es que Mary Wollstonecraft lo visitó en su propia casa. ¿Fue el efecto de la Revolución francesa? ¿Fue la sangre que ella había visto derramada en la acera y los gritos de la muchedumbre furiosa que habían resonado en sus oídos, lo que hizo parecer un asunto sin importancia que se pusiera la capa y fuera a visitar a Godwin en Somers Town, o esperara en Judd Street West a que él fuera? ¿Y qué extraña agitación de la vida humana fue la que inspiró a ese hombre curioso, que era una mezcla tan rara de mezquindad y magnanimidad, de frialdad y hondo sentimiento —pues el recuerdo de su mujer no se podría haber escrito sin una hondura de corazón inusual—, para mantener la opinión de que ella hizo lo correcto y respetar a Mary por pisotear la convención estúpida por la cual las vidas de las mujeres estaban bien atadas? Mantuvo las opiniones más extraordinarias sobre muchos temas y sobre la relación de los sexos en particular. Él pensó que la razón debía influir incluso en el amor entre hombres y mujeres. Pensó que había algo espiritual en su relación. Había escrito que «el matrimonio es una ley, y la peor de todas las leyes … el matrimonio es un asunto de propiedad, y la peor de todas las propiedades». Mantuvo la creencia de que si dos personas del sexo opuesto se gustan, deberían vivir juntas sin ceremonia alguna o, pues la convivencia tiende a embotar el amor, a unas veinte casas, digamos, en la misma calle. Y fue más allá; dijo que si a otro hombre le gustaba tu esposa, «eso no creará dificultades. Todos podemos disfrutar de su conversación, y seremos todos lo bastante sabios para considerar la relación sexual como un objeto muy trivial». Cierto, cuando escribió estas palabras todavía no se había enamorado; ahora por primera vez iba a experimentar esa sensación. Llegó en silencio y con naturalidad, creciendo «a pasos iguales en la mente de cada uno» a partir de esas conversaciones en Somers Town, de esos debates acerca de todo lo que hay bajo el sol que ellos habían mantenido tan indecorosamente en sus habitaciones. «Era amistad fundiéndose en amor… —escribió—. Cuando, en el transcurso de los acontecimientos, vino la revelación, no hubo nada por así decirlo que revelar por una parte a la otra». Desde luego coincidían en los puntos más esenciales; ambos opinaban que, por ejemplo, el matrimonio era innecesario. Seguirían viviendo separados. Sólo que cuando intervino de nuevo la naturaleza y Mary se encontró esperando un hijo, ¿merecía la pena perder amigos estimados, preguntó ella, por mor de una teoría? Ella creyó que no, y se casaron. Y entonces esa otra teoría, que lo mejor para marido y mujer es vivir separados, ¿no era eso incompatible también con otros sentimientos que estaban naciendo en ella? «Un marido es una parte práctica del mobiliario de la casa», escribió. Está claro que descubrió su pasión hogareña. Por qué no, entonces, revisar esa teoría también y compartir el mismo techo. Godwin tendría una habitación a varias puertas de distancia para trabajar; y cenarían por separado si les apetecía —su trabajo, sus amistades, estarían apartados. Así lo dispusieron, y el plan funcionó admirablemente. El arreglo combinaba «la novedad y la sensación interesante de una visita con los placeres más sinceros y deliciosos de la vida hogareña». Mary admitió que era feliz; Godwin confesó que, a pesar de toda su filosofía, era «gratificante en extremo» encontrar que «hay alguien que se interesa por la felicidad de uno». Su nueva satisfacción liberó todo tipo de capacidades y emociones en Mary. Las naderías le daban un placer exquisito: ver a Godwin y al hijo de Imlay jugando juntos; pensar en el de ambos que iba a nacer; una excursión al campo. Un día, al encontrarse con Imlay en New Road, lo saludó sin resentimiento. Pero, como escribió Godwin: «La nuestra no es una felicidad ociosa, un paraíso de placeres egoístas y transitorios». No, fue también un experimento, como la vida de Mary había sido un experimento desde el comienzo, un intento de hacer que las convenciones humanas se ajustaran más estrechamente a las necesidades humanas. Y su matrimonio fue sólo el principio; toda clase de cosas iban a seguirlo. Mary iba a dar a luz. Iba a escribir un libro llamado Los agravios de la mujer. Iba a reformar la educación. Iba a bajar a cenar al día siguiente del alumbramiento. Iba a contratar a una comadrona y no a un médico en su confinamiento— pero ese experimento fue el último. Murió en el parto. Ella, cuyo sentido de su propia existencia era tan intenso, que había gritado incluso en su miseria: «No puedo soportar pensar en no existir —en perderme, no, me parece imposible que pueda dejar de existir», murió con treinta y seis años de edad. Pero se ha tomado su revancha. Muchos millones de seres han muerto y han sido olvidados desde que fuera enterrada; y, sin embargo, al leer sus cartas, escuchar sus razonamientos y considerar sus experimentos, sobre todo ese experimento de lo más fructífero, su relación con Godwin, y darnos cuenta de cuánta autoridad y apasionamiento puso en abrirse paso hasta lo más sentido de la vida, una forma de inmortalidad es suya indudablemente: está viva y activa, razona y experimenta, oímos su voz y descubrimos su influjo incluso ahora entre los vivos.