El lector comun
El lector comun Resulta extraño lo vívidamente que se nos presenta todo esto, considerando que el diario lo forman breves anotaciones como las que cualquier mujer sosegada podría tomar sobre los cambios de su jardín y los estados de ánimo de su hermano y el paso de las estaciones. Hacía un tiempo templado y apacible, anota, tras un día de lluvia. Se encontró con una vaca en un prado. «La vaca me miró, y yo miré a la vaca, y cada vez que me movía la vaca dejaba de comer». Se encontró con un viejo que caminaba con dos bastones —durante días no se encontró con nada más aparte del camino que una vaca comiendo y un viejo caminando. Y sus motivos para escribir eran bastante comunes: «porque no quiero pelear conmigo misma y porque le daré una alegría a William cuando vuelva a casa». Sólo paulatinamente se manifiesta la diferencia entre este tosco cuaderno y otros; sólo poco a poco se despliegan esas breves notas en la mente y abren un paisaje completo delante de nosotros, así como la simple constatación demuestra que se dirige tan directamente a su objeto que, si miramos justo allí donde apunta, veremos precisamente lo que ella vio. «La luz de la luna yacía sobre las colinas como la nieve». «El aire se había calmado, el lago de un brillante color pizarra, las colinas oscureciéndose. Los laureles brotaban en las orillas difuminadas del agua poco profundas. Las ovejas, descansando. Todo callado». «No había una cascada sobre otra; era el sonido de las aguas en el aire; la voz del aire». Incluso en esas breves anotaciones se siente el poder de evocación que es don del poeta más que del naturalista, el poder que, partiendo de los hechos más sencillos, los ordena de tal modo que la escena entera presenta ante nosotros, realzada y compuesta, el lago en su quietud, las colinas en su esplendor. Aun así no fue una escritora descriptiva en el sentido habitual. Su primera preocupación fue ser veraz— la gracia y la simetría debían quedar subordinadas a la verdad. Pero entonces se busca la verdad porque falsificar el aspecto del lago agitado por la brisa es adulterar el espíritu que inspira las apariencias. Es ese espíritu el que la fustiga y la urge y mantiene sus facultades constantemente en tensión. Una mirada o un sonido no la dejaban tranquila hasta no haber seguido el rastro a su percepción en su recorrido y haberla fijado con palabras, aunque pudieran ser parcas, o con una imagen, aunque pudiera ser áspera. La naturaleza era una auténtica tirana. Había que dar cuenta del detalle prosaico exacto al igual que del boceto inmenso y visionario. Incluso cuando las distantes colinas se estremecían ante ella en la gloria de un sueño, debía anotar con precisión literal «la resplandeciente línea de plata del lomo de las ovejas», o comentar cómo «las cornejas a corta distancia de nosotros se volvían blancas como la plata cuando volaban a la luz del sol; y cuando se iban aún más lejos, parecían figuras de agua pasando sobre los campos verdes». Siempre ejercitadas y en uso, sus facultades de observación se hicieron con el tiempo tan expertas y agudas que un día de paseo colmaba el ojo de su mente con una inmensa congregación de objetos curiosos para clasificar con calma. ¡Qué extrañas se veían las ovejas mezcladas con los soldados en el castillo de Dumbarton! Por alguna razón las ovejas parecían ser de tamaño real, pero los soldados parecían marionetas. Y además los movimientos de las ovejas eran muy naturales y confiados, y el movimiento de los soldados enanitos era incansable y sin sentido aparente. Era extremadamente raro. O, tendida en la cama, solía mirar el techo y pensar cómo las vigas barnizadas «brillaban tanto como rocas negras en un día de sol atrapadas en el hielo». Sí,