El lector comun

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Es más, parecía que ella apenas cerraba los ojos. Miraban y miraban, urgidos no sólo por una curiosidad infatigable, sino también por una reverencia, como si algún secreto de la mayor importancia yaciera escondido bajo la superficie. A veces su pluma tartamudeaba con la intensidad de la emoción que controlaba, tal y como decía de ella De Quincey que su lengua se trababa al hablar por el conflicto entre su ardor y su pudor. Pero era contenida. Emotiva e impulsiva por naturaleza, sus ojos, «salvajes y sobresaltados»;[67] atormentada por sentimientos que casi la dominaban, y que aun así debía controlar, debía reprimir o fracasaría en su tarea —dejaría de ver. Pero si uno se contenía y abdicaba de sus turbaciones íntimas, entonces, como si fuera una recompensa, la naturaleza le depararía una satisfacción exquisita. «Rydale era muy hermoso, con vetas en forma de lanza de acero pulido … Apacigua el corazón. Había estado muy melancólica», escribió. Pues ¿no vino Coleridge caminando por las colinas y llamó a la puerta de la casita bien entrada la noche? ¿No llevó ella una carta de Coleridge a buen recaudo en su seno?






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