El lector comun

El lector comun

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Era un amor extraño, profundo, casi mudo, como si hermano y hermana hubieran crecido juntos y hubieran compartido no la forma de hablar sino el temperamento, de modo que apenas sabían cuál sentía, cuál hablaba, cuál veía los narcisos o la ciudad dormida; sólo Dorothy almacenaba ese estado de ánimo en prosa, y más tarde llegó William y se bañó en él y lo hizo poesía. Pero uno no podía actuar sin el otro. Debían sentir, debían pensar, debían estar juntos. De modo que ahora, tras permanecer tumbados en la ladera de la colina, solían levantarse e iban a casa y preparaban el té, y Dorothy escribía a Coleridge, y plantaban juntos las judías escarlata, y William trabajaba en su «Sanguijolero» y Dorothy le transcribía los versos. Arrebatada pero contenida, libre pero estrictamente ordenada, la narrativa hogareña pasa con naturalidad del éxtasis de las colinas al horneado del pan, al planchado y a la cena que le lleva a William a la casita.








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