El lector comun
El lector comun La casita, aunque su jardín subía por las lomas, estaba en el camino principal. Dorothy miraba por la ventana de su salón y veía a quienquiera que pasara: una mendiga alta quizá con su hijo a la espalda; un viejo soldado; un landó festonado, con señoras de excursión escudriñando dentro inquisitivamente. Solía dejar pasar al rico y al grande —no le interesaban más que las catedrales, las galerías de pintura o las grandes ciudades—; pero nunca podía ver un mendigo en la puerta sin pedirle que pasara y preguntarle detenidamente. ¿Dónde había estado? ¿Qué había visto? ¿Cuántos hijos tenía? Investigaba en las vidas de los pobres como si contuvieran el mismo secreto que las colinas. Un vagabundo comiendo panceta fría sobre el fogón de la cocina pudiera haber sido una noche estrellada, tan detenidamente lo miraba; tan claramente notaba cómo su viejo abrigo estaba remendado «con tres parches en forma de campana de un azul más oscuro detrás, donde habían estado los botones», cómo su barba de quince días era como «felpa gris». Y cuando seguían divagando con sus cuentos de marinería y de alistamiento y del marqués de Granby, ella siempre conseguía reproducir la única frase que resuena en la mente después de que la historia se haya olvidado: «¿Cómo? ¿Se encamina usted al oeste?». «Sin duda el cielo es halagüeño para las vírgenes». «Ella podía andar con paso ligero por las tumbas de los que habían muerto jóvenes». Los pobres tenían su poesía como las colinas tenían la suya. Pero era al raso, en los caminos o en el páramo, no en el salón de la casita, donde su imaginación daba más de sí. Sus momentos más felices los pasaba caminando junto a un caballo terco por un húmedo camino de Escocia sin seguridad de cama o de cena. Todo lo que sabía era que había alguna vista adelante, alguna floresta de árboles en la que fijarse, algún salto de agua que indagar. Seguían caminando hora tras hora, en silencio casi todo el tiempo, aunque Coleridge, que era del grupo, solía arrancarse a debatir en voz alta el verdadero significado de las palabras «majestuoso», «sublime» y «grande». Tenían que hacer el camino a pie porque el caballo había tirado el carro por un terraplén y habían arreglado el arnés únicamente con una cuerda y pañuelos. Tenían hambre, además, porque Wordsworth había dejado caer al lago el pollo y el pan, y no tenían otra cosa que cenar. No estaban seguros del camino y no sabían dónde encontrarían posada; lo único que sabían es que había un salto de agua delante. Finalmente Coleridge no pudo soportarlo más. Tenía reúma en las articulaciones; el carro irlandés para las excursiones no protegía de la intemperie; sus compañeros se quedaron callados y absortos. Los dejó. Pero William y Dorothy siguieron caminando. Parecían vagabundos. Dorothy tenía las mejillas morenas como las de una gitana, sus ropas eran harapientas, su paso era rápido y desgarbado. Pero aun así, era infatigable; el ojo nunca le fallaba; se fijaba en todo. Por fin llegaron al salto de agua. Y entonces todas las facultades de Dorothy cayeron sobre él. Investigó su carácter, observó sus semejanzas, definió sus diferencias, con todo el ardor del descubridor, con toda la exactitud del naturalista, con todo el rapto de una enamorada. Lo poseía al fin —lo había depositado en su mente para siempre. Se había convertido en una de esas «visiones interiores» que podría rememorar en cualquier momento con toda claridad y particularidad. Volvería a ella muchos años después cuando fuera mayor y la mente le hubiera fallado; la recordaría apaciguada y enaltecida y mezclada con todos los recuerdos más felices de su pasado, con el pensamiento en Racedown y Alfoxden y en Coleridge leyendo «Chris ta bel» y su bienamado hermano William. Traería consigo lo que ningún ser humano podría dar, lo que ninguna relación humana podría ofrecer: consuelo y quietud. Si, entonces, el grito apasionado de Mary Wollstonecraft hubiera llegado a sus oídos —«Seguro que en este corazón reside algo que nunca muere; y la vida es más que un sueño»—, ella no habría dudado en lo más mínimo en su respuesta. Habría dicho con toda sencillez: «Miramos a nuestro alrededor y nos pareció que éramos felices».