El lector comun

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Si, por consiguiente, tomamos Aurora Leigh del estante no es tanto para leerlo como para meditar con una condescendencia bondadosa sobre esta muestra de moda pasada, tal y como jugamos con los flecos de los mantos de nuestras abuelas y meditamos sobre las reproducciones de alabastro del Taj Mahal que una vez adornaron las mesas de sus salas de estar. Pero para los victorianos, indudablemente, fue un libro muy querido. La demanda había alcanzado ya trece ediciones de Aurora Leigh hacia el año 1873. Y, a juzgar por la dedicatoria, la misma señora Browning no tuvo miedo de decir lo mucho que la apreciaba: «la más madura de mis obras», la llama, «y la única en la que han entrado mis más altas convicciones sobre la vida y el arte». Sus cartas demuestran que había pensado en el libro durante muchos años. Estaba dándole vueltas cuando conoció a Browning, y su intención al respecto forma casi la primera de esas confidencias sobre su obra que a los enamorados les encantaba compartir:

… mi intención principal [escribió] ahora mismo es escribir una especie de poema-novela … lanzarme al centro de nuestras convenciones y entrar precipitadamente en salones y sitios por el estilo, «donde los ángeles temen poner el pie»; y así hacer frente cara a cara y sin máscara a la humanidad de la época, y contar llanamente su verdad. Esa es mi intención.


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