El lector comun

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Pero por razones que más tarde se aclaran, ella acumuló su intención durante los diez asombrosos años de evasión y felicidad; y cuando por fin el libro apareció en 1856, con razón pudo creer que había vertido en él lo mejor de sí. Quizá el acaparamiento y la saturación resultantes tienen algo que ver con la sorpresa que nos aguarda. En ningún caso podemos leer las primeras veinte páginas de Aurora Leigh sin tomar conciencia de que el anciano marinero que se entretiene un rato, por razones desconocidas, en el porche en un libro y no en el de otro, nos tiene cogidos de la mano y hace que escuchemos como un niño de tres años mientras que la señora Browning vierte en nueve volúmenes de verso libre la historia de Aurora Leigh. Velocidad y energía, franqueza y una confianza en sí misma total, estas son las cualidades que nos mantienen cautivados. Elevados así por el aire, descubrimos cómo Aurora era hija de una madre italiana «cuyos raros ojos azules se cerraron para ella cuando apenas tenía cuatro años». Su padre era un «inglés austero / a quien, después de una vida seca siempre en casa / entre erudición académica, leyes y charlas parroquiales, / lo inundó una pasión sin que él se percatase»; pero murió también, y se envió a la niña de vuelta a Inglaterra para ser educada por una tía. La tía, de la conocida familia de los Leigh, la esperaba en el escalón del vestíbulo de su casa de campo vestida de negro para recibirla. Su frente algo estrecha dejaba ver tensas trenzas de cabellos castaños salpicados de gris; tenía la boca pequeña, suave; ojos sin color y mejillas como rosas prensadas en libros, «guardadas más por piedad que por gusto, si bien pasada su floración, / el Pasado también se marchita». La dama había llevado una vida de sosiego, empleando sus virtudes cristianas en hacer calceta y enaguas de punto «porque somos de una sola carne, después de todo, y necesitamos una prenda de franela». De su mano Aurora sufrió la educación que, se pensaba, era la apropiada para las mujeres. Aprendió un poco de francés, un poco de álgebra; las leyes internas del Imperio birmano; qué río navegable se une al Lara; qué censo del año cinco se tomó en Klagenfurt; también cómo dibujar nereidas cuidadosamente vestidas, a soplar el vidrio, a disecar pájaros y a modelar flores de cera. Porque a su tía le gustaba que una mujer fuera femenina. Ocupaba las tardes con el punto de cruz y, debido a alguna equivocación en su elección de la seda, una vez bordó una pastora con ojos de color rosa. Bajo esta tortura de la educación femenina, exclamó la apasionada Aurora, algunas mujeres han muerto; otras se han consumido de pena; unas cuantas que han tenido, como tenía Aurora, «relaciones con lo que no se ve», sobreviven y caminan con recato, son corteses con sus primos, escuchan al vicario y sirven tazas de té. La misma Aurora tuvo la suerte de contar con un pequeño cuarto. Estaba empapelado de verde, tenía una alfombra verde y había cortinajes verdes hasta la cama, como a juego con el follaje insípido de la campiña inglesa. Allí se retiraba; allí leía. «He encontrado el secreto de una buhardilla / llena hasta arriba de cajas apiladas con el nombre de mi padre, / hasta arriba, bien grandes, donde, entrando y saliendo con sigilo … como un ratoncito ágil entre las costillas de un mastodonte», ella leía y leía. En verdad, al ratón (así pasa con los ratones de la señora Browning) le crecían alas y se elevaba, pues «Es más bien cuando / nos olvidamos gloriosamente de nosotros mismos y nos sumergimos / con el alma por delante, de cabeza, en las profundidades de un libro, / exaltados con su belleza y la sal de la verdad, / es entonces cuando sacamos lo mejor de un libro». Y así leía y leía, hasta que su primo Romney iba de visita para pasear con ella, o el pintor Vincent Carrington, «a quien los hombres juzgan duramente como alguien de ideas fijas / porque opina que pintar bien un cuerpo implica tener que pintar el alma», daba unos golpecitos en su ventana.


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