El lector comun

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Este resumen apresurado del primer volumen de Aurora Leigh no le hace por supuesto justicia alguna; pero habiendo engullido el original como la misma Aurora aconseja, con el alma por delante, de cabeza, nos encontramos en un estado en el que se vuelve imperativo algún intento de ordenar nuestras múltiples impresiones. La primera de estas impresiones, y la más extendida, es la sensación de la presencia de la escritora. A través de la voz del personaje de Aurora resuenan en nuestros oídos las circunstancias, las idiosincrasias de Elizabeth Barrett Browning. La señora Browning no podía ocultarse más de lo que podía contenerse, un signo sin duda de imperfección en un artista, pero signo también de que la vida se ha dejado sentir en el arte más de lo debido. Una y otra vez en las páginas que hemos leído, la Aurora ficticia parece arrojar luz sobre la verdadera Elizabeth. La idea del poema, debemos recordar, le vino a los cuarenta y pocos años, cuando la conexión entre el arte de una mujer y la vida de una mujer era ilógicamente estrecha, de manera que al más austero de los críticos le resulta imposible no tocar a veces la carne cuando su mirada debería estar fija en la página. Y como todo el mundo sabe, la naturaleza de la vida de Elizabeth Barrett fue de las que inciden en el más auténtico e individual de los dones. Su madre había muerto cuando ella era una niña; había leído con profusión y a solas; su hermano favorito se ahogó; le falló la salud; la tiranía de su padre la había emparedado en una reclusión casi conventual en un dormitorio en Wimpole Street. Pero, en vez de repetir lo que todo el mundo sabe, es mejor leer en sus propias palabras su relato de los efectos que le causaron:


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