El lector comun

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Era la religión, por supuesto. Siendo apenas una niña su entrega de por vida a la relación del alma con Dios ya se había apoderado de ella. Podría parecer desde fuera que sus sesenta y cuatro años transcurrieron en Hallam Street, Endsleigh Gardens y Torrington Square, pero en realidad ella habitó en una curiosa región donde el espíritu se esfuerza por llegar a un Dios que no se ve —en su caso, un Dios oscuro, un Dios severo—, un Dios que decretó que todos los placeres del mundo le eran odiosos. El teatro era odioso, la ópera era odiosa, la desnudez era odiosa —cuando su amiga la señorita Thompson pintaba figuras desnudas en sus cuadros tenía que decirle a Christina que eran hadas, pero Christina veía perfectamente la impostura—, todo en la vida de Christina irradió de ese nudo central de agonía e intensidad. Su creencia rigió su vida hasta en los asuntos más insignificantes. Le enseñó que el ajedrez estaba mal, pero que el whist y el cribbage[70] no importaban. Pero también interfirió en asuntos de enorme importancia de su corazón. Hubo un joven pintor llamado James Collinson; ella amaba a James Collinson y él la amaba a ella, pero era católico, de manera que lo rechazó. Para complacerla se hizo miembro de la Iglesia angli cana, y ella lo aceptó. Vacilante, sin embargo, pues era un hombre poco de fiar, volvió tambaleándose a Roma, y Christina, aunque esto le rompió el corazón y ensombreció su vida para siempre, anuló el compromiso. Años más tarde se presentaron otras, y al parecer mejor fundadas, esperanzas de felicidad. Charles Cayley se le declaró. Pero, ay, este hombre abstraído y erudito que arrastraba los pies por el mundo en un estado de desaliño despistado, que traducía el evangelio al iroqués y preguntaba a las damas elegantes en una fiesta «si les interesaba la corriente del Golfo», y que como regalo le dio a Christina un ratón de mar conservado en alcohol, era, no sin razón, un librepensador. También Christina lo apartó de ella. Aunque «ninguna mujer amó jamás a un hombre más profundamente», ella no sería la esposa de un escéptico. Ella, que amaba lo «obtuso y peludo» —los wombats, sapos y ratones de la tierra—, y llamaba a Charles Cayley «mi ciega águila ratonera, mi topo especial», no admitió topos, wombats, ratoneros ni Carleys en su cielo.


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