El lector comun
El lector comun Tenemos que remontarnos más de una generación si queremos examinar la carrera de Hardy como novelista. En 1871 tenía treinta y un años; había escrito una novela, Desperate Remedies, pero no era en modo alguno un artesano con confianza en sí mismo. Estaba «tanteando el camino hacia un método»,[76] él mismo lo dijo, como si fuera consciente de que poseía toda clase de dones, mas no conocía su naturaleza ni sabía cómo sacarles provecho. Leer esa primera novela es participar de la perplejidad de su autor. La imaginación del escritor es poderosa y sardónica; su aprendizaje de los libros ha sido casero; sabe crear personajes, pero no es capaz de controlarlos; obviamente le estorban las dificultades de su técnica y, lo que es más singular aún, se ve impulsado por cierta sensación de que los seres humanos son la diversión de unas fuerzas externas, para hacer un uso extremo e incluso melodramático de la coincidencia. Ya está poseído por la convicción de que una novela no es un juguete ni un razonamiento; es un medio para transmitir impresiones veraces, si bien duras y violentas, de las vidas de hombres y mujeres. Pero quizá la cualidad más llamativa del libro sea el sonido de una cascada que reverbera y retumba por sus páginas. Es la primera manifestación del poder que asumirá unas proporciones tan colosales en los libros posteriores. Él se muestra ya ante sí como un minucioso y hábil observador de la naturaleza; sabe que la lluvia cae de forma diferente sobre raíces que sobre tierras de cultivo; sabe que el viento suena de forma distinta al pasar a través de las ramas de árboles diferentes. Pero es consciente, en un sentido más amplio, de la naturaleza como una fuerza; siente en ella un espíritu que puede compadecerse, burlarse o permanecer como el espectador indiferente de la fortuna de los humanos. Ya es suyo ese sentido; y la cruda historia de la señorita Aldclyffe y Cythe rea es memorable porque es observada por los ojos de los dioses y elaborada en presencia de la naturaleza.