El lector comun
El lector comun Que era un poeta, debería haber resultado obvio; que era un novelista, todavía se podría haber considerado incierto. Pero al año siguiente, cuando apareció Under the Greenwood Tree, quedó claro que mucho del esfuerzo de tantear «el camino hacia un método» había sido superado. Se perdió algo de la terca originalidad del libro anterior. El segundo está logrado, es encantador, idílico comparado con el primero. Parece que el escritor bien pueda convertirse en uno de nuestros paisajistas ingleses, cuyos cuadros son todos de jardines de casitas y viejas campesinas, y que se queda atrás para reunir y preservar del olvido las formas y palabras anticuadas que están cayendo rápidamente en desuso. Y, sin embargo, ¿qué amante cordial de la Antigüedad, qué naturalista con un microscopio en su bolsillo, qué erudito atento a las formas cambiantes del idioma oyó alguna vez con tanta intensidad el sonido penetrante de un pajarito que un búho mata en un bosque cercano? El sonido «pasó a ser silencio sin mezclarse con él». De nuevo oímos, muy lejano, como el sonido de un cañón en el mar una mañana serena de verano, un eco extraño y ominoso. Pero leer estos primeros libros produce una impresión de desperdicio. La impresión de que el genio de Hardy era obstinado y perverso; primero florecería un talento en él y después otro. No iban a consentir marchar juntos tan fácilmente en colaboración. Lo cierto es que ese iba a ser el destino probable de un escritor que fue a la vez poeta y realista, un hijo fiel del campo y las colinas, atormentado sin embargo por dudas y desalientos engendrados por la lectura y el aprendizaje; un amante de las viejas formas y los campesinos sencillos, no obstante condenado a ver la fe y la carne de sus antepasados volverse transparencias delgadas y espectrales ante sus ojos.