El lector comun

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A esta contradicción la naturaleza había añadido otro elemento que probablemente iba a desordenar un desarrollo simétrico. Algunos escritores nacen conscientes de todo; otros no lo son de muchas cosas. Algunos, tales como Henry James o Flaubert, no sólo son capaces de sacarle el mejor partido al botín que su talento aporta, sino también de controlar su genio en el acto de creación; son conscientes de todas las posibilidades de cada situación y nada les coge por sorpresa. Los escritores que no son conscientes, por otro lado, como Dickens y Scott, dan la impresión de que de pronto algo los eleve y los empuje hacia delante, y sin su consentimiento. La ola desciende y no saben qué ha sucedido ni por qué. Entre ellos —esa es la fuente de su fuerza y de su debilidad— debemos colocar a Hardy. Sus propias palabras, «momentos de visión»,[77] describen exactamente esos pasajes de belleza y fuerza asombrosas que se pueden encontrar en todos los libros que escribió. Con una súbita sacudida de energía que nosotros no podemos predecir, ni él, al parecer, controlar, una escena en solitario destaca del resto. Vemos, como si existiera solo y para siempre, el carro con el cuerpo inerte de Fanny en su interior recorriendo el camino bajo los árboles que gotean, vemos las ovejas abotargadas riñendo entre el trébol; vemos a Troy blandiendo su espada con rapidez alrededor de Bathsheba en el lugar en que ella está inmóvil, cortando el mechón de su cabeza y ensartando la oruga que estaba en su pecho. Vívido para el ojo, pero no para el ojo únicamente, pues todos los sentidos participan, caemos en la cuenta de estas escenas y su esplendor permanece. Pero la energía va y viene. Al momento de visión le suceden tiempos largos de clara y simple luz del día, y no podemos creer que ninguna habilidad o destreza pueda haber atrapado la energía incontrolada y emplearla mejor. Las novelas por tanto están llenas de desigualdades; son algo grumosas y pesadas e inexpresivas; pero nunca son áridas; siempre se ven algo desdibujadas por cierta inconsciencia, ese halo de frescura y ese margen de lo inexpresado que suelen producir la más honda sensación de satisfacción. Es como si el mismo Hardy no fuera del todo consciente de lo que hacía, como si su conciencia retuviera más de lo que él podía producir, y les dejara a sus lectores la tarea de comprender su significado íntegro y complementarlo con su propia experiencia.


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