El lector comun
El lector comun Por estas razones el genio de Hardy fue incierto en su desarrollo, desigual en su acabado, pero, llegado el momento, magnífico en sus logros. El momento llegó, en su plenitud, en Lejos del mundanal ruido. El tema era el correcto; el método era el correcto; el poeta y el campesino, el hombre sensual, el sombrío hombre reflexivo, el sabio, todos se alistaron para producir un libro al que, por mucho que las modas cambien como el viento, le corresponde un lugar entre las grandes novelas inglesas. Está, en primer lugar, esa sensación del mundo físico que Hardy más que ningún otro novelista puede traer ante nosotros; la sensación de que las pocas esperanzas de la existencia del hombre están rodeadas por un paisaje que, pese a existir aparte, le confiere una belleza profunda y solemne a su dramatismo. Las oscuras colinas, destacadas por los túmulos de los muertos y las cabañas de los pastores, se alzan contra el cielo, suaves como una ola del mar, pero sólidas y eternas; extendiéndose hacia la distancia infinita, pero cobijando en sus apriscos aldeas apacibles cuyo humo se alza en frágiles columnas de día, cuyas lámparas arden en la oscuridad inmensa de la noche. Gabriel Oak, cuidando de sus ovejas ahí arriba en el envés del mundo, es el pastor eterno; las estrellas son antiguas almenaras; y él durante siglos ha vigilado sus ovejas.