El lector comun
El lector comun Pero abajo en el valle la tierra está llena de calor y vida; hay mucho trabajo en las granjas, los graneros están repletos, los campos bulliciosos con el mugido del ganado y el balido de las ovejas. La naturaleza es prolífica, espléndida e impúdica; no maligna aún, sino todavía la Gran Madre de los labriegos. Y ahora por primera vez Hardy da rienda suelta a su humor donde es más libre y de lo más rico: en boca de los hombres de campo. Jan Coggan, Henry Fray y Joseph Poorgrass se reúnen en la taberna acabada la jornada de trabajo y liberan ese humor medio ladino, medio poético que se ha ido elaborando en sus cerebros y encontrando expresión con la cerveza desde que los peregrinos hacían a pie el Camino del Peregrino;[78] ese que le encantaba oír a Shakespeare, Scott y George Eliot, pero a ninguno le gustaba más u oía con mayor entendimiento que Hardy. Pero no les corresponde a los campesinos en las novelas de Wessex[79] destacar como individuos. Integran un fondo de sabiduría común, de humor común, una fuente de vida perpetua. Comentan las acciones del héroe y la heroína, pero mientras Troy u Oak o Fanny o Bathsheba entran, salen y pasan a mejor vida, Jan Coggan, Henry Fray y Joseph Poorgrass se quedan. Beben de noche y aran los campos de día. Son eternos. Nos los encontramos una y otra vez en las novelas y siempre hay en ellos algo típico, más del carácter que marca una raza que de los rasgos que pertenecen a un individuo. Los campesinos son el gran santuario de la cordura; el campo, el último bastión de la felicidad. Cuando desaparezcan, no habrá esperanza para la raza.