El lector comun

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Con Oak y Troy y Bathsheba y Fanny Robin llegamos a los hombres y las mujeres de las novelas en toda su estatura. En cada libro predominan tres o cuatro figuras, erigidas en conductores del rayo para atraer la fuerza de los elementos. Oak y Troy y Bathsheba; Eustacia, Wildeve y Venn; Henchard, Lucetta y Farfrae; Jude, Sue Bridehead y Phillotson. Hay incluso cierto parecido entre los diferentes grupos. Viven como individuos; pero también viven como tipos y tienen un parecido como tipos. Bathsheba es Bathsheba, pero es una mujer y hermana de Eustacia y Lucetta y Sye; Gabriel Oak es Gabriel Oak, pero es un hombre y hermano de Henchard, Venn y Jude. Por más adorable y encantadora que sea Bathsheba, aun así es débil; por más obstinado que sea y mal aconsejado que esté Henchard, aun así es fuerte. Esta es una parte fundamental de la visión de Hardy; la esencia de muchos de sus libros. La mujer es más débil y más carnal, se agarra al más fuerte y oscurece su visión. ¡Con cuánta libertad, no obstante, se vierte la vida sobre el marco inalterable en sus más grandes libros! Cuando Bathsheba se sienta en el carro entre sus plantas, sonriendo a su propia hermosura en el espejito, podemos saber —y prueba de la capacidad de Hardy es que lo sepamos— todo lo que va a sufrir y hacer que los demás sufran antes del final. Pero hay en el momento todo el resplandor y belleza de la vida. Y así es, una y otra vez. Sus personajes, tanto hombres como mujeres, eran para él criaturas de una atracción infinita. Por las mujeres exterioriza una preocupación más tierna que por los hombres, y por ellos, quizá, se interesa más. Vana puede ser su belleza y terrible su destino, pero mientras el fulgor de la vida está en ellos, sus pasos son libres, su risa dulce y suyo es el poder para hundirse en el seno de la naturaleza y pasar a formar parte de su silencio y solemnidad, o para alzarse y darles el movimiento de las nubes y lo agreste de los bosques floridos. Los hombres que sufren —no como las mujeres, por una dependencia de otros seres humanos, sino por un conflicto con el destino— se hacen acreedores de nuestras más rigurosas simpatías. Por un hombre como Gabriel Oak no tenemos por qué sentir temores pasajeros. Debemos rendirle homenaje, aunque no se nos conceda amarlo tan libremente. Tiene los pies bien firmes en el suelo y puede dar golpes tan astutos, a otros hombres por lo menos, como cualquiera de los que probablemente recibió. Tiene una capacidad de prever lo que ha de venir que brota del carácter, más que de la educación. Es estable en su temperamento, constante en sus afectos y capaz de aguantar lo que venga con los ojos abiertos sin ni siquiera parpadear. Pero, además, no es una marioneta. Es un tipo hogareño, aburrido en situaciones cotidianas. Puede caminar por la calle sin hacer que la gente se vuelva para mirarlo. En resumen, es innegable el poder de Hardy —la verdadera fuerza del novelista— para hacernos creer que sus personajes son tales impulsados por sus propias pasiones e idiosincrasia, aunque tengan —y este es el don del poeta— algo de simbólico que nos es común a todos.


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