El lector comun
El lector comun Y es precisamente al considerar la facultad de Hardy para crear hombres y mujeres cuando tomamos conciencia de las profundas diferencias que lo distinguen de sus pares. Volvemos la vista atrás hacia cierto número de estos personajes y nos preguntamos por qué los recordamos. Rememoramos sus pasiones. Recordamos lo profundamente que se han amado y a menudo con qué trágicos resultados. Recordamos el amor fiel de Oak por Bathsheba; las pasiones tumultuosas pero fugaces de hombres como Wildeve, Troy y Fitzpiers; recordamos el amor filial de Clym por su madre, la celosa pasión paternal de Henchard por Elizabeth Jane. Pero no recordamos cómo han amado. No recordamos cómo han conversado y cambiado y llegado a conocerse los unos a los otros, poco a poco, gradualmente, paso a paso y de etapa en etapa. Su relación no está compuesta de esas aprehensiones intelectuales y sutilezas de percepción que parecen tan insignificantes, pero que son tan profundas. En todos los libros el amor es uno de los grandes hechos que moldean la vida humana. Pero es una catástrofe; sucede de repente, de forma arrolladora, y hay poco que decir al respecto. La conversación entre los que se aman, cuando no es apasionada, es práctica o filosófica, como si el ejercicio de sus tareas diarias les dejara con más deseo de cuestionar la vida y el propósito de esta que de investigar la sensibilidad del otro. Aunque estuviera en su poder analizar sus emociones, la vida es demasiado agitada para que les dé tiempo. Necesitan de toda su fuerza para arrastrar los golpes frontales, el ingenio insólito, la creciente malignidad del destino. No les queda ya para dedicar a las sutilezas y delicadezas de la comedia humana.