El lector comun

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Así llega un momento en que podemos decir con certeza que no encontraremos en Hardy algunas de las cualidades que más nos han deleitado en las obras de otros novelistas. No tiene la perfección de Jane Austen, el ingenio de Meredith, la gama de Thackeray ni la sorprendente capacidad intelectual de Tolstói. Hay en la obra de los grandes escritores clásicos una finalidad de efecto que coloca algunas de sus escenas, aparte de la historia, fuera del alcance del cambio. No preguntamos cuál es su relevancia en la narración ni hacemos uso de ellas para interpretar problemas que radican en los márgenes de la escena. Una carcajada, una mejilla sonrojada, media docena de palabras de diálogo y es suficiente; la fuente de nuestro placer es perenne. Pero Hardy no tiene nada de esta concentración y totalidad. Su luz no cae directamente sobre el corazón humano. Pasa por encima y va a dar a la oscuridad del brezo y en los árboles que se mecen en la tormenta. Cuando volvemos la vista atrás hacia el interior de la estancia, el grupo de la chimenea se ha dispersado. Todos los hombres y todas las mujeres están batallando con la tormenta, solos, dejándose ver con más fuerza cuando menos observados se encuentren por otros seres humanos. No los conocemos como conocemos a Pierre o Natasha o Becky Sharp. No los conocemos por dentro ni por fuera ni en todas sus facetas, tal y como se muestran a la visita casual, al funcionario del gobierno, a la gran dama o al general en el campo de batalla. Desconocemos la complicación, implicación y el torbellino de sus pensamientos. Geográficamente, también, permanecen bien sujetos a la misma extensión de la campiña inglesa. Rara vez, y siempre con tristes resultados, permite Hardy al pequeño hacendado o granjero describir la clase por encima de la suya en la escala social. En la sala de estar, en el club y el salón de baile, donde se congrega la gente con tiempo libre y educada, donde se engendra la comedia y se dejan ver matices de carácter, se encuentra incómodo y nervioso. Pero lo contrario es igualmente cierto. Si no conocemos a sus hombres y mujeres en sus relaciones entre sí, los conocemos en sus relaciones con el tiempo, la muerte y el destino. Si no los vemos vivamente inquietos, recortados ante las luces y la multitud de las ciudades, los vemos ante la tierra, la tormenta y las estaciones. Conocemos su actitud hacia algunos de los problemas más tremendos que pueden presentarse a la humanidad. Asumen en la memoria un contenido de un tamaño mayor que el del común de los mortales. Los vemos no en detalle, sino agrandados y dignificados. Vemos a Tess leyendo el servicio bautismal en camisón «con una estampa de dignidad que era casi regia». Vemos a Marty South, «como un ser que ha rehusado con indiferencia el atributo del sexo a favor de la cualidad más elevada del humanismo abstracto»,[80] dejando las flores sobre la tumba de Winterbourne. Su forma de hablar tiene dignidad bíblica y poesía. Dentro de ellos hay una fuerza que no se puede definir, una fuerza de amor o de odio, una fuerza que en los hombres es la causa de la rebelión contra la vida, y en las mujeres supone una capacidad ilimitada para el sufrimiento, y esto es lo que domina al personaje y hace innecesario que veamos los rasgos más delicados que yacen ocultos. Esta es la facultad trágica; y, si hemos de situar a Hardy entre sus iguales, debemos llamarle el más grande de los escritores trágicos entre los novelistas ingleses.


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