El lector comun
El lector comun Las biografías y memorias responden a dichas preguntas, iluminan innumerables casas como esta; nos muestran personas ocupándose de sus tareas cotidianas, trabajando sin descanso, fracasando, triunfando, comiendo, odiando, amando, hasta que mueren. Y algunas veces, mientras miramos, la casa desaparece y la verja de hierro se desvanece y nos encontramos en mar abierto; estamos cazando, navegando, luchando; estamos entre salvajes y soldados; estamos participando en grandes campañas. O si queremos permanecer aquí en Inglaterra, en Londres, aun así la escena cambia; la calle se estrecha; la casa se vuelve pequeña, abarrotada, con vidrieras en forma de diamante y maloliente. Vemos a un poeta, Donne, que ha tenido que salir de esa casa porque las paredes eran tan finas que por ellas se abría camino el llanto de sus hijos. Lo podemos seguir, a través de los senderos que hay en las páginas de los libros, hasta Twickenham; hasta el parque de lady Bedford, un famoso lugar de encuentro para nobles y poetas; y después dirigir nuestros pasos a Wilton, la gran casa al pie de las colinas, y escuchar a Sidney leerle la Arcadia a su hermana; y caminar por las mismísimas marismas y ver las mismísimas garzas que figuran en ese famoso romance; y después viajar de nuevo al norte con esa otra lady Pembroke, Anne Clifford, a sus páramos agrestes, o zambullirnos en la ciudad y controlar nuestro alborozo a la vista de Gabriel Harvey con su traje de terciopelo negro discutiendo sobre poesía con Spenser. Nada es más fascinante que andar a tientas y adentrarnos a trompicones en la oscuridad y el esplendor alternos del Londres isabelino. Pero no nos podemos quedar allí. Los Temple y los Swift, los Harley y los Saint John nos hacen señas; podemos pasar horas y horas desenredando sus disputas y descifrando sus caracteres; y cuando nos cansemos de ellos podemos continuar el recorrido, pasando al lado de una dama de negro que luce diamantes, hasta alcanzar a Samuel Johnson y Goldsmith y Garrick; o cruzar el canal, si nos parece, y encontrarnos con Voltaire, Diderot y madame de Deffand; y así de vuelta a Inglaterra y Twickenham —¡cómo se repiten ciertos lugares y ciertos nombres!—, donde lady Bedford tuvo una vez su parque y Pope vivió posteriormente, a la casa de Walpole en Strawberry Hill. Pero Walpole nos presenta a tal enjambre de nuevos conocidos, hay tantas casas que visitar y timbres que pulsar que tal vez titubeemos un momento, en la puerta de la señorita Berry, por ejemplo, cuando he aquí que llega Thackeray; es el amigo de la mujer que Walpole amaba; de modo que yendo simplemente de amigo en amigo, de jardín en jardín, de casa en casa, hemos pasado de una punta de la literatura inglesa a la otra y despertamos para encontrarnos aquí otra vez en el presente, si es que podemos diferenciar este momento de todos los transcurridos anteriormente. Esta, pues, es una de las maneras como podemos leer esas vidas y cartas; podemos hacer que iluminen muchas ventanas del pasado; podemos observar a los muertos famosos en sus costumbres habituales e imaginarnos a veces que estamos muy cerca y podemos conocer sus secretos sin ser vistos, y a veces podemos tomar una pieza teatral o un poema que hayan escrito y ver si su lectura es diferente en presencia del autor. Pero esto plantea de nuevo otras preguntas. ¿En qué medida, hemos de preguntarnos, se ve influido un libro por la vida de su autor? ¿Hasta qué punto es prudente dejar que el hombre interprete al escritor? ¿En qué medida vamos a resistir o ceder ante las simpatías y antipatías que el hombre en sí despierta en nosotros, tan sensibles como son las palabras, tan receptivas del carácter del autor? Son preguntas que nos acucian cuando leemos vidas y cartas, y hemos de responderlas por nosotros mismos, pues no puede haber mayor fatalidad que dejarse guiar por las preferencias de otros en un asunto tan personal.