El lector comun
El lector comun El impacto de la poesÃa es tan duro y directo que por un momento no se siente más que el poema mismo. ¡Qué profundas honduras visitamos entonces, qué repentina y completa es nuestra inmersión! No hay nada a lo que agarrarse aquÃ; nada que nos sostenga en nuestro vuelo. La ilusión de la ficción es gradual; sus efectos están preparados; pero ¿quiénes, de cuantos leen estos cuatro versos, se paran a preguntarse quién los escribió, o evocan la casa de Donne o al secretario de Sidney?; ¿o quién los enreda en la maraña del pasado y en la sucesión de generaciones? El poeta es siempre nuestro coetáneo. Nuestro ser, de momento, está concentrado y constreñido, como en una violenta sacudida de emoción personal. Posteriormente, es verdad, esta sensación comienza a propagarse por nuestra mente en cÃrculos que se ensanchan; llegamos a unas sensaciones más remotas; estas empiezan a sonar y a hacer observaciones y somos conscientes de ecos y reflejos. La intensidad de la poesÃa cubre un inmenso abanico de sentimientos. Sólo tenemos que comparar la fuerza e inmediatez de
Caeré como un árbol y hallaré mi tumba,
únicamente recordando mi pesar,[85]
con la modulación ondulante de
Cuenta los minutos el caer de las arenas,
como las de un reloj; la yunta del tiempo
nos consume hasta la tumba, y la observamos;