El lector comun

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Defoe

El miedo que asalta al conmemorador de centenarios de descubrirse a sí mismo midiendo un espectro menguante y a verse forzado a predecir su inmediata disolución no sólo está ausente en el caso de Robinson Crusoe, sino que la mera idea es ridícula. Puede ser cierto que Robinson Crusoe cumpla doscientos años de edad el 25 de abril de 1919, pero lejos de levantar las consabidas especulaciones acerca de si la gente lo lee ahora y lo seguirá leyendo, el efecto de su bicentenario es hacer que nos maravillemos de que Robinson Crusoe, el perenne e inmortal, lleve existiendo un tiempo tan corto. Este libro se asemeja más a una de las producciones anónimas de la raza que al esfuerzo de una sola mente; y si se trata de celebrar su centenario, tanto nos daría celebrar los centenarios del mismísimo Stonehenge. Algo de esto se lo podemos atribuir al hecho de que a todos nosotros nos han leído en voz alta Robinson Crusoe de pequeños, y que estábamos en la misma disposición anímica hacia Defoe y su historia que los griegos hacia Homero. Nunca se nos ocurrió pensar que Defoe existiera, y si nos hubieran dicho que Robinson Crusoe era la obra de un hombre con una pluma en la mano, o bien nos habría inquietado desagradablemente, o bien no habría significado para nosotros nada en absoluto. Las impresiones de la niñez son las que más perduran y las que se graban más hondo. Aún hoy parece que el nombre de Daniel Defoe no tiene derecho a figurar en la portada de Robinson Crusoe, y si celebramos el bicentenario de este libro estamos haciendo una alusión ligeramente innecesaria al hecho de que, como Stonehenge, aún siga existiendo.


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