El lector comun

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La gran fama del libro ha cometido cierta injusticia con su autor; pues mientras le ha dado una especie de gloria anónima, ha oscurecido el hecho de que fue el escritor de otras obras que, se puede afirmar sin temor a equivocarse, no nos leyeron en voz alta de pequeños. Así, cuando el editor de Christian World en el año 1870 hizo un llamamiento a «los muchachos y muchachas de Inglaterra» para erigir un monumento sobre la tumba de Defoe, que un rayo había mutilado, el mármol se inscribió en memoria del autor de Robinson Crusoe. No se hizo ninguna mención a Moll Flanders. Considerando los temas que se tratan en ese libro y en Roxana, Aventuras del capitán Singleton, El coronel Jack y en todos los demás, no debe sorprendernos, aunque pueda indignar nos, su omisión. Podemos estar de acuerdo con el señor Wright, el biógrafo de Defoe, en que estas «no son obras para la mesa del salón». Pero a menos que consintamos en hacer de ese útil mueble el árbitro definitivo del buen gusto, debemos deplorar el hecho de que la superficial tosquedad de estas obras, o la celebridad universal de Robinson Crusoe, las ha llevado a ser mucho menos afamadas de lo que merecen. En cualquier monumento digno de ese nombre, los títulos de Moll Flanders y Roxana, al menos, debieran estar grabados tan profundamente como el nombre de Defoe. Están entre las pocas novelas inglesas que podemos llamar grandes sin discusión. La ocasión del bicentenario de su compañero más famoso bien puede conducirnos a considerar en qué consiste la grandeza de ambas, que tanto tiene en común con la suya.


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