El lector comun
El lector comun Marlow era uno de esos observadores natos que son de lo más feliz en la vida retirada. A Marlow nada le gustaba más que sentarse en cubierta, en algún oscuro recodo del Támesis, fumando y recordando; fumando y especulando; enviando tras su humo hermosos anillos de palabras hasta que toda la noche de verano se nublaba un poco con humo de tabaco. Marlow, además, sentÃa un profundo respeto por los hombres con los que habÃa navegado; pero veÃa su talante. Husmeaba y describÃa de forma magistral a esas criaturas lÃvidas que logran aprovecharse bien de los veteranos torpes. TenÃa un don especial para la deformidad humana; su humor era sardónico. Tampoco vivÃa Marlow envuelto por completo en el humo de sus cigarros. TenÃa la costumbre de abrir los ojos de repente y observar —un montón de basura, un puerto, el mostrador de una tienda— y después, completo en su anillo ardiente de luz, ese objeto se ilumina y brilla contra el misterioso trasfondo. Introspectivo y analÃtico, Marlow era consciente de su peculiaridad. Dijo que ese poder le llegaba de repente. PodÃa, por ejemplo, oÃr sin querer a un oficial francés murmurar: ¡Mon Dieu, cómo pasa el tiempo!