El viejo Bloomsbury y otros ensayos
El viejo Bloomsbury y otros ensayos Tal vez sea el silencio lo que primero nos impresiona. Todo en Bly está profundamente tranquilo. El piar de pájaros al amanecer, los gritos lejanos de niños, débiles pasos a la distancia lo agitan pero lo dejan indemne. Se acumula, nos aplasta, nos vuelve curiosamente aprensivos del ruido. Al final la casa y el jardín mueren bajo él. "Puedo escuchar de nuevo, según escribo, la quietud intensa en la cual caen los sonidos del anochecer. Las cornejas dejan de graznar en el cielo dorado y la hora enemiga pierde toda su voz en ese minuto indescriptible." Es indescriptible. Sabemos que el hombre de pie en la torre, que mira a la institutriz allá abajo, es malévolo. Alguna obscenidad inexpresable viene a la superficie. Intenta entrar, intenta hacerse de algo. Es necesario proteger a todo costo a los pequeños seres exquisitos que tan inocentemente duermen. Pero el horror crece. ¿Será posible que la pequeña, cuando se vuelve de la ventana, haya visto a la mujer que está afuera? ¿Ha estado con la señorita Jessel? ¿Ha visitado Quinn al muchachito? ¿Es Quinn el que ronda en la oscuridad, que está allí en ese rincón y de nuevo en aquel otro? ¿Es Quinn al que debemos eliminar con nuestro razonamiento y que pese a todo razonamiento regresa? ¿Sucederá acaso que tenemos miedo? Pero no tememos al hombre pelirrojo o al rostro pálido. Tememos algo que, tal vez, está en nosotros. En resumen, encendemos la luz. A sus rayos examinamos el cuento sintiéndonos seguros, notamos la maestría de la narración, el tendido de cada oración, la plenitud de las imágenes, cómo el mundo interno se enriquece por la robustez del externo, cómo la belleza y la obscenidad se entretejen y se filtran hacia las profundidades y, sin embargo, debemos reconocer que algo sigue sin explicación. Hemos de admitir que Henry James nos ha conquistado. Ese anciano caballero cortés, mundano y sentimental aún puede hacernos temer la oscuridad.