El viejo Bloomsbury y otros ensayos

El viejo Bloomsbury y otros ensayos

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Por mucho que lamentemos el cambio, no es de dudar que estuvo correcto. Pues ninguno de los libros anteriores a Howards End y A Passage to India exigió del señor Forster toda la gama de sus poderes. Con su peculiar y de alguna manera contradictorio surtido de dones, necesitaba al parecer algún tema que estimulara una inteligencia tan sensible y activa como la suya, pero sin exigirle las severidades del romance o de la pasión; un tema que le diera materia para la crítica y lo invitara a la investigación; un tema que pudiera ser enriquecido con un número enorme de observaciones ligeras pero precisas, dóciles a la comprobación de una mentalidad sumamente honesta y sin embargo comprensiva; y no obstante, con todo eso, un tema que, al quedar construido, destacara ante los torrentes del atardecer y las eternidades de la noche con un significado simbólico. En Howards End las clases media baja, media y media alta de la sociedad inglesa quedan entretejidas en una tela completa. Es un intento a mayor escala que todo lo anterior y, si fracasa, en buena medida es responsable de eso el tamaño del intento. De hecho, cuando meditamos las muchas páginas de este libro complejo y sumamente hábil, en sus inmensos logros técnicos y además en su penetración, su sabiduría y su belleza, es de preguntarse qué estado de ánimo tenido aquel momento nos impelió a llamarlo un fracaso. De acuerdo con todas las reglas, y más aún dado el interés agudo con que lo hemos leído de principio a fin, debimos haber dicho buen éxito. La razón queda sugerida, tal vez, por el tono de nuestro alabo. Elaboración, habilidad, sabiduría, penetración, belleza: allí están todas, pero carentes de fusión; les falta cohesionarse; como un todo, el libro no tiene fuerza. Los Schlegel, los Wilcox y los Bast, con todo lo que representan de una clase y de un ambiente, surgen con extraordinaria verosimilitud, pero el efecto total es menos satisfactorio que en Where Angels Fear to Tread, de mayor ligereza pero bellamente armonioso. Una vez más, sentimos que en la dote del señor Forster hay alguna perversión, de modo que sus dones tienden a meterse zancadilla unos a otros dada su variedad y su número. Si el autor fuera menos escrupuloso, menos justo, menos sensible a los diferentes aspectos de cada caso, sentimos que podría golpear con mayor fuerza en un punto preciso. Tal y como están las cosas, el vigor de su golpe se disipa. Parecería un durmiente de sueño ligero al que siempre despierta algo que está en la habitación. El poeta se ve marginado por el escritor satírico, el moralista le da unos golpecitos en el hombro al comediante. El autor nunca se relaja o se olvida por mucho tiempo, llevado por el deleite puro de la belleza o en el interés de las cosas tal como son. En razón de esto, los pasajes líricos de sus libros, a menudo de gran belleza en sí, no consiguen el efecto debido dentro del contexto. En lugar de fluir con naturalidad -como en Proust, por ejemplo- de un exceso de interés y de belleza en el objeto en sí, sentimos que les dio existencia alguna irritación, que son el esfuerzo de una mente violentada por la fealdad a complementarla con una belleza que, por originarse en la protesta, tiene algo de muy febril en sí.


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