El viejo Bloomsbury y otros ensayos
El viejo Bloomsbury y otros ensayos Sin embargo en Howards End están disueltas, sentimos, todas las cualidades necesarias para crear una obra maestra. Los personajes nos resultan sumamente reales. El ordenamiento de la historia es maestro. Ese aspecto indefinible pero de suma importancia, la atmósfera del libro, brilla de inteligencia; no se permite el asentamiento de una pizca de fraude, de un átomo de falsedad. Una vez más, pero en un campo de batalla mayor, continúa la lucha que ocurre en todas las novelas del señor Forster: la lucha entre las cosas que importan y las que no importan, entre la realidad y el engaño, entre la verdad y la mentira. Una vez más la comedia es exquisita y la observación sin mácula. Pero una vez más, justo cuando nos rendimos a los placeres de la imaginación, un tironcillo nos alerta. Nos dan unos golpecitos en el hombro. Debemos notar esto, hacer caso de aquello. Ni Margaret ni Helen, nos obligan a comprender, hablan simplemente por sà mismas, pues sus palabras tienen una otra intención, de mayor peso. AsÃ, al esforzarnos por encontrar el significado, pasamos del mundo encantado de la imaginación, donde nuestras facultades actúan libremente, al mundo penumbroso de la teorÃa, donde sólo nuestro intelecto funciona obedientemente. Esos momentos de desilusión tienen el hábito de aparecer cuando el señor Forster se encuentra más en tensión, cuando la crisis del libro, allà donde cae la espada o el librero se derrumba. Como ya lo señalamos, traen a las "grandes escenas" y a las figuras importantes una curiosa falta de substancia. Pero se ausentan del todo de la comedia. Nos hacen desear, con bastante simpleza, que pudieran disponerse los dones del señor Forster de un modo distinto, para restringirlo a sólo escribir comedia. Pues en cuanto cesa de sentirse responsable de la conducta de sus personajes y se olvida de que debe resolver los problemas del universo, es el más divertido de los novelistas. El admirable Tibby y la exquisita señora Munt, en Howards End, aunque incluidos mayormente para divertirnos, traen consigo un golpe de aire fresco. Nos inspiran la embriagante creencia de que son libres de alejarse dé su creador como les plazca. Margaret, Helen y Leonard Blast están fuertemente sujetos y vigilados muy de cerca, pues pudieran tomar los asuntos en sus manos y desordenar la teorÃa. Pero Tibby y la señora Munt van adonde les place, dicen lo que se les antoja, hacen lo que quieren. Por tanto, en las novelas del señor Forster los personajes menores y las escenas sin importancia suelen permanecer más vividos que aquellos con los que, se dirÃa, se tomaron mis trabajos. Pero serÃa injusto apartarse de este libro grueso, serio y sumamente interesante sin reconocer que es una obra de importancia aunque insatisfactoria, que bien pudiera significar el preludio de algo igual de extenso pero menos ansioso.