El viejo Bloomsbury y otros ensayos
El viejo Bloomsbury y otros ensayos Pasaron muchos años antes de que apareciera A Passage to India. Quienes confiaron en que, durante el intervalo, el señor Forster pudiera haber desarrollado su técnica, de modo que cediera con mayor facilidad a la impronta de su mente caprichosa y tuviera un acceso más libre a la poesía y la fantasía que en él habitan, quedaron decepcionados. La actitud es precisamente aquella misma cuadrada que se acerca a la vida como si fuera una casa con puerta de entrada, que deja su sombrero en la mesilla del vestíbulo y se dedica a visitar todas las habitaciones de un modo ordenado. La casa sigue siendo aquella de las clases medias inglesas. Pero hay un cambio respecto a Howards End. Hasta ahora el señor Forster había tenido la aptitud de llenar sus libros como una anfitriona cuidadosa, ansiosa de introducir, explicar o advertir a sus huéspedes de un escalón que está allá, de una corriente de aire aquí. Pero ahora, tal Vez un tanto desilusionado con sus huéspedes y con la casa, parece haber descuidado sus preocupaciones. Se nos permite vagar por este continente extraordinario casi solos. Percibimos cosas, en especial acerca del país, de un modo espontáneo, casi accidental, como si de hecho estuviéramos allí. Entonces captan nuestra mirada los gorriones que vuelan alrededor de los retratas, un elefante con la frente pintada o las cadenas de colinas enormes pero mal diseñadas. La gente misma, en especial los hindúes, tienen algo de esa misma calidad informal, inevitable. Quizá no sean tan importantes como la tierra, pero están vivos; son sensibles. No sentimos ya, como nos ocurría en Inglaterra, que se les permitirá alejarse sólo cierta distancia, pues de otro modo perturbarían alguna teoría del autor. Aziz es un agente libre. Es el personaje más imaginativo que hasta el momento haya creado el señor Forster y nos recuerda a Gino, el dentista, del primer libro: Where Angels Fear to Tread. Es de suponer que al señor Forster lo ayudó el interponer el océano entre sí y Sawston. Es un alivio verse libre, por un tiempo, de la influencia de Cambridge. Aunque sigue siéndole necesario construir un modelo de mundo que pueda sujetar a críticas delicadas y precisas, el modelo es a mayor escala. La sociedad inglesa, con su mezquindad, su vulgaridad y una vena de heroísmo, queda situada ante un telón de fondo mayor y más siniestro. Y si bien es verdad que sigue habiendo ambigüedades en sitios importantes, momentos de simbolismo imperfecto, una mayor acumulación de hechos de los que es capaz de manejar la imaginación, se diría que la visión doble, que nos afectara en los primeros libros, está en proceso de volverse una. La saturación es mucho más completa. El señor Forster ha logrado casi la proeza enorme de animar su denso y compacto cuerpo de observaciones con una luz espiritual. El libro muestra asomos de fatiga y de desilusión, pero tiene capítulos de una belleza clara y triunfante y, sobre todo, nos hace preguntarnos ¿qué escribirá el autor a continuación?