Entre actos

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La señora Swithin avanzó furtivamente, como si, bajo el burdo calzado con el que trasteaba por el jardín, el suelo fuera líquido, y, sin dejar de avanzar, frunció los labios y sonrió, de soslayo, a su hermano. No intercambiaron ni una palabra, mientras la señora Swithin se dirigía hacia el armario situado en un rincón y volvía a guardar en él el martillo, que había cogido sin pedir permiso; junto con —abrió la mano— un puñado de clavos.

—Cindy, Cindy —gruñó su hermano cuando la señora Swithin cerraba la puerta del armario.

Lucy, su hermana, tenía tres años menos que él. El nombre Cindy, o Sindy, ya que de ambas formas cabía escribirlo, era una derivación de Lucy. Y así la llamaba de niña; cuando ella trotaba tras su hermana, que iba de pesca, y hacía ramilletes de flores silvestres que apretaba con largas hierbas a las que daba vueltas y vueltas y vueltas. Una vez, recordaba Lucy, su hermano la obligó a desenganchar el pez del anzuelo. La sangre la asustó —«Oh», gritó—, ya que las agallas estaban llenas de sangre. Y él gruñó: «¡Cindy!». El fantasma de aquella mañana que pasaron en el prado le vino a la memoria, mientras devolvía el martillo a su sitio, en otro estante, y cerraba la puerta del armario con el que, por guardar en él los instrumentos de pesca, tan maniático se mostraba él.


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