Entre actos

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La «Vieja Flimsy» (mote de la señora Swithin) había clavado otro cartel en el granero. El primero se lo había llevado el viento; o quizá el tonto del pueblo, que siempre arrancaba cuanto estaba clavado, era el culpable, y ahora se reía por lo del cartel, sentado a la sombra de una mata. Los muchachos también se reían, como si la vieja Swithin hubiera dejado tras de sí una estela de risas. La anciana señora con un mechón de blanco cabello al viento, calzada con zapatos abultados como si tuviera garras con callos como los canarios, y con medias negras arrugadas en los tobillos, inducía a David a guiñar un ojo con toda naturalidad, guiño que Jessica devolvía, al entregarle una tira de rosas de papel. Eran muy suyos aquellos muchachos; tanto tiempo llevaban radicados en aquel rincón del mundo que mostraban la indeleble impronta de trescientos años, más o menos, de consuetudinario comportamiento. Por eso se reían; pero con respeto. Si la señora Swithin lucía perlas, eran perlas.

—La Vieja Flimsy nos ha pillado —dijo David.

La señora Swithin entraría y saldría unas veinte veces más, y, por fin, les ofrecería limonada en una gran jarra y una bandeja de sándwiches. Jessie sostenía la guirnalda, David la clavaba a martillazos. Una gallina extraviada entró; ante la puerta pasó una fila de vacas; después un perro pastor; después el vaquero, Bond, que se detuvo a curiosear.


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