Entre actos
Entre actos —Pero dicen que aquÃ, en las noches silenciosas, se pueden oÃr las olas del mar. Después de una tormenta, dicen, se puede oÃr la ola al romper… Me gusta aquella historia —añadió con tono reflexivo—. Mientras oÃa el batir de las olas en mitad de la noche, ensilló el caballo y cabalgó hacia el mar. Bart, ¿quién fue el que cabalgó hacia el mar?
Bart leÃa.
—No podemos esperar que nos lo traigan a casa en un cubo lleno de agua —dijo la señora Swithin—, como se hacÃa, creo recordar, cuando éramos niños y vivÃamos en una casa junto al mar. Langostas, recién cogidas del criadero. ¡Y cómo pellizcaban con las patas el palo que la cocinera les ofrecÃa! Y salmón. Se sabe si el salmón es fresco porque tiene piojos bajo las escamas.
Bartholomew asintió en silencio. Era cierto. Recordaba aquella casa junto al mar. Y las langostas.
Llegaban bolsas de red repletas de pescado; pero Isa estaba contemplando el jardÃn, variable tal como habÃa dicho el boletÃn meteorológico, agitado por la leve brisa. Los niños pasaron de nuevo, Isa golpeó la ventana y les lanzó un beso. En el zumbido del jardÃn no lo oyeron.
—¿Realmente estamos a ciento cincuenta kilómetros del mar? —preguntó Isa dando media vuelta.