Entre actos

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Colin era su famoso perro de caza. Pero solo cabía Buster. Y el antepasado parecía querer decir, dirigiéndose a los presentes, y no al pintor, que era una verdadera lástima el haber dejado fuera del cuadro a Colin, al Colin que el antepasado ordenó fuera enterrado a sus pies, en la misma tumba, hacia 1750; pero aquel desdichado, el reverendo Nosecuántos, no lo permitió.

Era un charlatán, aquel antepasado. Pero la dama era un retrato. Con su túnica amarilla, inclinada, apoyada en una columna, una flecha de plata en la mano y una pluma en el cabello, dirigía la mirada del espectador hacia arriba, hacia abajo, de lo curvo a lo recto, por espesuras de verdor y matices plateados, pardo y rosa, hasta llegar al silencio. La estancia se hallaba vacía.

Vacía, vacía, vacía; silencio, silencio, silencio. La estancia era una caracola, cantando lo que había antes del tiempo; en el corazón de la casa había un jarrón de alabastro, suave y liso, frío, conteniendo la quieta y destilada esencia del vacío, del silencio.

Más allá del vestíbulo se abrió una puerta. Una voz, otra voz y una tercera voz llegaron gruñendo y gorjeando; adusta la voz de Bart; temblorosa la voz de Lucy; en tono medio, la voz de Isa. Sus voces, impetuosas, impacientes, protestando, cruzaron el vestíbulo, diciendo: «El tren llegará con retraso»; diciendo: «Que no se enfríe»; diciendo: «No, Candish, no, no esperaremos».


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